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Se me ha caído el precio

Hace unos días, en la hermosa ciudad de Santiago de Compostela, compartí mesa y mantel con un grupo de maestras de Infantil y Primaria. Hablábamos de la importancia de la primera etapa educativa. Una etapa donde se producen aprendizajes de gran transcendencia.

Un libro de Robert Fulghum tiene este significativo título: “Todo lo que necesito saber en la vida lo aprendí en el parvulario”. Haciendo memoria recuerdo algunos de esos importantes aprendizajes de los que habla el autor: lavarme las manos antes de comer, dormir la siesta, ordenar las cosas, respetar a los demás, decir lo siento mucho, dibujar, pintar, cantar, bailar…

 

Una de las maestras que estaban sentadas a la mesa contó que, en los primeros días del curso, una maestra de infantil había colocado en la espalda de los niños y niñas una pequeña etiqueta con el nombre de cada escolar. Así podría llamarles por su nombre cuando estuvieran de espaldas. Uno de los niños se acercó a la maestra con su etiqueta en la mano. Se había desprendido y se había caído al suelo. El la recogió y se la dio a la maestra diciendo:

- Seño, se me ha caído el precio.

Qué gracia. Qué ingenio. Una observación muy de nuestros días en los que todo tiene precio y etiqueta. Cuántas ideas, frases, reacciones y comportamientos cargados de espontaneidad, de chispa y de pensamiento divergente tienen los niños y las niñas.

El niño y la niña no se ven frenados por el miedo a equivocarse, por el temor a hacer el ridículo, por la angustia de la mala imagen… Hay quien piensa que esa creatividad natural va siendo atrofiada progresivamente en la escuela. “Un adulto creativo es un niño que ha sobrevivido”, he leído estos días en una pared de la ciudad de Málaga.

El profesor Ken Robinson sostiene, entre otro, que las escuelas (yo diría las malas escuelas) matan la creatividad. Idea que nos debe hacer pensar. ¿Es así?

Uno teme que con la uniformidad de las acciones en la escuela, con las rutinas, se vaya recortando el pensamiento divergente. Hay que aprender las mismas cosas, de la misma manera, en los mismos tiempos y lugares… Todos lo mismo, todos al mismo tiempo y al mismo ritmo. Todos los días.

El curriculum impuesto deja poco margen para la autonomía, la participación creativa y los intereses particulares. Tanto del alumno como del profesor. Si la presión de los controles es muy fuerte, la creatividad queda sepultada por las prescripciones y por la necesidad imperiosa del éxito.

Una evaluación centrada en repeticiones obstaculiza el pensamiento creativo y divergente. Se acaba creyendo que existe una respuesta única, que esa respuesta la tiene la institución, que hay que aprenderla, que hay que repetirla, que no hay que discutirla…

Hablábamos en aquella comida de cómo se produce una erosión pedagógica a medida que se va avanzando en el sistema educativo, desde Infantil hasta la Universidad. Y repasábamos parcelas diferentes en las que se produce el deterioro:

No se concibe que una maestra de Infantil no sepa el nombre de sus alumnos a los dos o tres días del comienzo, sin embargo puede suceder que un profesor universitario no se sepa el nombre de sus alumnos al finalizar el curso.

Los espacios de la Escuela Infantil están llenos de colores, de adornos creativos, de materiales motivadores, mientras que el espacio universitario es, frecuentemente, impersonal, frío y gris.

Las relaciones personales se cuidan intensamente y se procura que haya juegos, buen ambiente, clima de alegría y expresión de los afectos. Sin embargo, a medida que se avanza en el sistema se va perdiendo la espontaneidad y afectividad.

La metodología es más creativa, más dinámica, más participativa en la Educación Infantil que en las etapas siguientes. En estas, muchas formas de trabajo consisten en la explicación de los docentes. Y por eso se habla de “dar una clase”, de “impartir una clase”.

Incluso el autoconcepto y la autoestima se van empobreciendo. Si preguntas a un niño si sabe dibujar dirá que sí, si le preguntas si sabe bailar dirá que sí, si le preguntas si sabe cantar dirá que sí… Es probable que un universitario responda a todo que no.

Recuerdo aquella anécdota que cuenta Ken Robinson. Una profesora le pregunta a un niño qué es lo que está dibujando y éste contesta:

- Estoy dibujando a Dios.
- Pero, nadie sabe cómo es Dios, precisa la maestra. A lo que el niño contesta.
- Espera un momento y lo verás.
-
No sé por qué no se ponen más en práctica técnicas que desarrollen la creatividad y no tanto la repetición. Existen muchas técnicas que favorecen y ejercitan la creatividad. Los llamados ”proyectos de visión futura”, por ejemplo, pretenden que la mente funcione en un contexto hipotético o fantasioso. Por ejemplo: “Diseñe usted un automóvil que circule en otro planeta, que girará alrededor de otro sol, en el cual la atmósfera sea de metano. El automóvil utilizará oxígeno como carburante y será conducido por seres no humanos a cuya anatomía habrá de adaptarse el vehículo…”.

Alguna vez he hecho un ejercicio consistente en imaginar lo que sucedería en el mundo si, de pronto, desapareciese psicológica y físicamente la necesidad de dormir. La mente tiene desenvolverse en una situación inexistente.

Las “tormentas de ideas” también son aprovechables. A diferencia de los proyectos de visión futura, en los que se exige lógica, admiten todo tipo de ideas, racionales e irracionales, posibles e imposibles, sensatas e insensatas, morales e inmorales, costosas, baratas o gratuitas…

José Antonio Marina y Eva Marina han escrito un interesante libro titulado “El aprendizaje de la creatividad”. Coincido con su tesis de que la creatividad no es un lujo sino una estrategia de supervivencia. Desde niños sentimos el impulso de explorar, inventar, conocer, cambiar, innovar y crear. La creatividad es la facultad que nos permite sobrevivir y progresar en un entorno cambiante y acelerado.

La creatividad se puede cultivar o se puede atrofiar. No hay mejor forma de conseguir su desarrollo que crear una cultura sistemática que favorezca la innovación. Estos son los nueve principios que propone Ken Robinson para alcanzarla: Todo el mundo tiene potencial creativo, la innovación es hija de la imaginación, todos podemos aprender a ser más creativos, la creatividad mejora con la diversidad, a la creatividad le encanta la colaboración, la creatividad requiere tiempo, las culturas creativas son flexibles, las culturas creativas son inquietas, las culturas creativas necesitan espacios creativos.

Manos a la obra. Seremos más felices, aprenderemos muchas cosas, inventaremos otras desarrollaremos nuestras mentes y hasta, con un poco de suerte, encontraremos salidas a la crisis.

 

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