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La plenitud radiante no tiene nacionalidad



En la evolución del ser humano podemos distinguir dos etapas y dos dimensiones. Las dos etapas básicas diferenciadas en el desarrollo espiritual se denominan autorrealización y autotrascendencia. En la autorrealización, el ser humano debe perfeccionar cuerpo y mente y ponerlos al servicio de la humanidad; mientras que en la autotrascendencia, descubre en sí mismo una dimensión más sutil, un vacío luminoso, o como dice Vicente Merlo, una plenitud radiante, que se convierte en el eje desde el cual se abre a la divinidad por un lado y al mundo por el otro, sintiéndose a partir de ese momento como un espectador de la interacción de esos dos planos de la existencia, como un canal para que las energías cósmicas se expresen en la materia. El meditador descubre que no es él quien hace la meditación, sino la meditación quien lo hace a él.

Las dos dimensiones son la horizontal, que nos relaciona con lo social, a la que Ken Wilber llama la dimensión de lo legítimo; y la vertical, en la que nos identificamos con los planos superiores de la conciencia, para Ken Wilber la dimensión de lo auténtico. La legitimidad ha sido desarrollada por multitud de religiones y grupos sociales, e influenciada favorablemente por el desarrollo de los medios de comunicación y la cultura, así como por los avances tecnológicos y de organización social que los acompañaban. En cambio, la autenticidad, según Ken Wilber, sólo se halla en la filosofía Vedanta y en el Zen, porque son las únicas que presentan un protocolo que si el discípulo lo sigue puede alcanzar la iluminación.

El desarrollo de esta dimensión trascendente, en la que se alcanza la identificación transpersonal de la conciencia, puede lograrse sin ayuda, cómo sucedió a Teresa de Ávila y a Ramana Maharshi, pero lo habitual y aconsejable es que el aspirante a esta iluminación siga las enseñanzas de su Maestro; otro ser humano que ya ha experimentado previamente dicho trance y conoce las dificultades que entraña el camino. La empatía y la comprensión entre discípulo y Maestro son mejores cuando ambos tienen un mismo lecho cultural, por eso en Valencia somos tantos los que conectamos con las enseñanzas de Antonio Blay Fontcuberta o de Vicente Beltrán Anglada, porque siendo ellos catalanes nos era más fácil entender sus enseñanzas y crear un vínculo empático que nos sumergiera en su aura compasiva, que lograrlo con Vivekananda, Jean Klein o Krishnamurti, que nos quedaban más lejanos física y culturalmente.

 En la actualidad, -aunque como el mismo dice: “la plenitud radiante no tiene patria”, resulta interesante poder compartir nuestra idiosincrasia valenciana, con Vicente Merlo Lillo, un filósofo y “facilitador de la meditación” –como prefiere calificarse-,  que ha estudiado tanto en escuelas esotéricas que sirven de puente entre oriente y occidente (Escuela Arcana, especialmente), como en ashrams de la India (sobre todo el ashram de Sri Aurobindo en Pondicherry), y en las universidades de Valencia, donde recibe el doctorado, y de Barcelona, donde actualmente imparte cursos de meditación y de religiones comparadas.

Sería muy largo citar todos sus libros, pero para mí hay tres fundamentales: Las enseñanzas de Sri Aurobindo, en el que nos sumerge en el conocimiento de un yoga que no busca evadirse en un samadhi sin retorno, sino que aspira a atrapar ese samadhi para compartirlo con el resto de la Humanidad. La llamada (de la) Nueva Era, donde nos ofrece una visión panorámica de las diversas manifestaciones de una espiritualidad que ya no se deja encorsetar por dogmas arcaicos ni estructuras prefabricadas, sino que es fruto de la conexión cada vez más intensa y fecunda de los seres humanos con sus Hermanos Mayores. Y ¡por fin! Plenitud radiante: Meditando juntos el libro que todos esperábamos de él, donde nos presenta la meditación sin técnicas estrafalarias ni vericuetos esotéricos, sino tan simple cómo es la fusión en el Amor y la lucidez que el grupo genera cuando centra en ello su atención.

 Rafael García Perelló.

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