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El fuego, el grito desesperado de la naturaleza

incendio forestal

En nuestra tierra, el sol y el calor siempre hacen acto de presencia en verano, cuando las cosechas ya se han recogido y las plantas anuales de los campos ya han completado su ciclo en su despedida en amarillo. Los animales en las dehesas se refugian a la sombra de las encinas más corpulentas. Todo reclama agua. La sequedad se hace aún más notoria en las primeras horas de la tarde, la siesta; es el momento en que nos sincronizamos con la naturaleza en su quietud bajo el sopor. Todo se queda parado en el pueblo, las casas se cierran, las calles están vacías. Los hombres buscan el reposo en el frescor de la casa umbrosa de postigos cerrados y muros de piedra o en la sombra de un emparrado donde el sonido chirriante de la chicharra, el auténtico sonido del verano, nos acompaña...

Fuego radian los jarales,
y los grises pizarrales,
y los blancos pedernales,
y los líquenes de oro de los canchos;
se platean los rastrojos,
se requeman los matojos,
se retuercen los abrojos,
y se azulan los aceros de sus ganchos.
¡Es la ardiente Extremadura que sestea!...
Y la aduerme esta nota
del monótono cantar de la chicharra.

 

(Gabriel y Galán, El cantar de la chicharra)




El fuego y la vida son dos conceptos sobre los cuales pensadores de todos los tiempos han debatido profusamente, sobre como surgen, como se propaga y como se extinguen. Según la antigua cosmogonía de Empédocles, el fuego, junto con el aire, el agua y la tierra, constituían toda la realidad existente. Es decir, los tres estados estáticos de la materia más la energía necesaria para la transformación, el movimiento y la vida. En efecto, la vida y el fuego tienen mucho en común. La propia vida es una lenta combustión, pero cuando esa combustión no es lenta, sino que se precipita a gran velocidad, destruyendo todo a su paso, es la peor de las calamidades. Cautivadores bosques con grandiosos árboles que pacientemente han ido desarrollándose durante tantos siglos, en cuestión de segundos quedan reducidos a nada. Quien ha presenciado un fuego de grandes proporciones, no puede olvidar el grito de dolor de los árboles, un estremecedor alarido provocado por la violenta evaporación de los fluidos internos que intentan escaparse por fisuras de la madera. Tal vez nuestro grito de dolor o de temor, no sea más que un reflejo condicionado de nuestra especie. Millones de años de evolución a la sombra de los árboles nos han hecho temer el grito del fuego como la peor de las maldiciones posibles. Una desgracia que puede alcanzar casi tintes de plaga bíblica.

La gente de las pequeñas poblaciones del norte vio oscurecerse el horizonte, como si hubiera nubes de tormenta, pero no era lluvia sino humo. Pronto pudieron oler el fuego y oír su rugido, poco después veían como las llamas se levantaban a gran altura. El fuego avanzaba con gran rapidez, mayor que la de un hombre corriendo; los grandes árboles eran devorados por las llamas y consumidos con tal celeridad que explotaban con un sonido estremecedor, fuerte como el disparo de un rifle. A medida que el resplandor se intensificaba, se iba convirtiendo en una tormenta de fuego. El calor consumía tanto aire que llegó a formarse un vórtice en el cielo, por encima de las llamas, una columna de fuego que lanzaba bolas de gases ardientes a través del cielo hasta una distancia de cinco kilómetros por delante del fuego principal.

(David Attenborough, Testimonio del terrible incendio australiano de 1983)

Antes de la existencia del hombre también ocurrían incendios pero desde luego no con la misma frecuencia y virulencia que en la actualidad. ¿Cómo se defienden los seres vivos de esta amenaza? Las respuestas de la naturaleza siempre son a largo plazo. Existen cigarras, compañeras musicales de nuestras chicharras, que en fase subterránea pueden estar 17 años; pasado ese tiempo, salen a la vez desde debajo de la tierra inundando los campos. Si a lo largo de este periodo de latencia hubiera ocurrido una catástrofe a escala planetaria, como el meteorito que exterminó a los dinosaurios, al menos estos insectos habrían sobrevivido y seguirán sonorizando nuestros campos. Incluso por encima de los propios individuos, la vida tiene un impulso irrefrenable a seguir viviendo. Muchas plantas guardan sus reservas alimenticias bajo tierra para tratar de recuperar el terreno perdido. La ancha corteza de los alcornoques protege al tronco principal del fuego si no es de grandes proporciones. Las ramas bajas de los árboles se desprenden por sí solas o son comidas por animales ramoneadores, lo que facilita que el fuego pase rápidamente. Pero si caen los grandes árboles, entonces la desgracia se cierne sobre todo el entorno. En verano, con todo el campo seco, cualquier chispa, cualquier descuido puede traer la ruina de un paisaje, un paisaje que quizás esté vinculado a nuestros recuerdos más felices y que ya nunca lo volveremos a ver como era. Solo queda la destrucción y la muerte, no solo de árboles y animales, sino también la de seres humanos como trágicamente ya ha ocurrido este verano.

Tornóse el cielo rojizo;
quejumbrosa una campana
gime sobre un cobertizo;
el fuego creó el hechizo
con temblores de aldeana.
La inmensa pira da miedo,
dragón devorando ajuares;
hay hercúleos con denuedo
que defienden en tal ruedo
la dicha de sus hogares.

 

(Antonio Herrero Alvarado, Incendio)


Ante la desgracia común aparece lo mejor del ser humano: la solidaridad y el afán de ayudar al prójimo. Hace tiempo, cuando se producía fuego en una casa de un pueblo, enseguida tocaban la campana de la torre y todo el mundo acudía al lugar del incendio formando una cadena de personas con cubos de agua para apagarlo. Si el fuego se desataba en el campo, antes de los modernos equipos antiincendios, allí se precipitaba toda la población con sus caballerías. Era imprescindible acudir rápido para detener las llamas. Entonces se ponían a todas las bestias para que corrieran alrededor del incendio formando un círculo que se transformaba pronto en vereda para tratar de servir de cortafuego. Todos unían sus esfuerzos para que no se propagara el infierno en medio de la confusión, los temores, la ruina del campo, el crepitar angustiosos de los árboles, los gritos de los vecinos y el sonido constante de la campana tocando a rebato.

Si la solidaridad representa una cara de la moneda, por desgracia también se descubre a menudo una tenebrosa cruz. Quizás lo peor del incendio no sea la destrucción por las llamas, sino todo lo que rodea al siniestro. Con demasiada frecuencia el fuego tiene una oscura intencionalidad. En muchos lugares de nuestra geografía la presión urbanística hace ver lo que queda de nuestros bosques como un terreno donde obtener grandes beneficios de forma rápida y fraudulenta. La ley debería ser muy tajante en este tema, un bosque quemado bajo ningún concepto debe ser recalificado para otros usos, ya que cualquier tibieza a este respecto significa alentar la criminalidad del fuego ¿Cuántas veces alguien habrá llorado ante la visión de un campo calcinado?, y lo que es peor ¿cómo podríamos explicárselo a los familiares de las personas que han muerto al apagar los incendios? Las tierras arrasadas, los troncos retorcidos y negros que piden justicia, los animales muertos, la dehesa arruinada. Las encinas vigorosas, matriarcales, centenarias llevaban siglos creciendo y ahora yacen muertas... el espacio ha quedado vacío y en silencio. ¿Cuánto daríamos por devolver la belleza al paisaje? ¿Por volver a la tranquilidad de las tardes de estío? La sociedad moderna no debe servir para encubrir los turbios intereses de unos pocos, ni ofrecer impunidad a los pirómanos. Ante un incendio es fundamental actuar con presteza y apoyar esfuerzos como el que está realizando la empresa de nuestro astronauta Pedro Duque para crear satélites que detecten y localicen los focos de incendios nada más producirse.

Todos los veranos se repiten las mismas trágicas escenas desde Cataluña a Canarias, desde Baleares a Extremadura. Este año ya Valencia ha sentido la alarma del fuego en el paraje natural de El Hondo, un incendio que se originó en la cuneta de una carretera, quizás por culpa de una colilla, un siniestro evitable solo teniendo un poco de cuidado. Por fortuna, se pudo controlar con medios aéreos ¡el precio de un pitillo, el precio de un descuido! En este caso, la rápida intervención evitó el desastre. Cuando el fuego alcanza grandes dimensiones es muy difícil atajar, pero nunca debemos resignarnos ante la desgracia. En vez de dejar que unos pocos especulen con los despojos del fuego: la madera de los árboles quemados o el valor del terreno, deberíamos de aprender de la persistencia de la vida. Los incendios liberan a la atmósfera gran cantidad de etileno. Las plantas lo saben, y muchas de ellas, como el manzano, al detectar este gas activan la floración y aceleran la fructificación con el fin de regenerar la vegetación quemada. Lo primero que tenemos que hacer es tomar nota de la naturaleza y ayudarla para recuperar lo perdido. Aún sin nuestra intervención, pero tampoco entorpeciendo el curso de la naturaleza, poco a poco el espacio natural volverá a tener el antiguo esplendor, aunque quizás nosotros ya no veamos aquellos copudos árboles que eran el orgullo del paisaje. Pero puede que no tardemos demasiado en oír de nuevo el canto monótono de la chicharra a la hora de la siesta entre los nuevos retoños verdes, cuando todo parece estar dormido o escuchar los chillidos alegres de las golondrinas y vencejos en su vuelo plácido, al atardecer, mientras el sol empieza a declinar por el horizonte y ofrece una tregua suavizando un poco las temperaturas.

Miguel Herrero Uceda
Doctor Ingeniero, divulgador científico y autor del libro “El alma de los árboles” (Elam Ed.)

Etiquetado en: espiritualidad

Comentarios

  • Invitado
    jheimy taborda Jueves, 21 October 2010

    cuidemos la naturaleza no la destrullas por que si la destrulles el mal sera para ti

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