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Nación a debate

 
KOLDO ALDAI
 
Han sufrido por la muerte violenta de un ser querido y el día pasado se juntaron en un puente y tiraron  flores en su recuerdo. Y sus palabras cuando esas  flores navegaban por el Nervión  fueron de  perdón, de reconciliación de mirar con esperanza al futuro, de  que podremos   vencer las  divisiones pretéritas y legar un mañana de paz y unidad a nuestros hijos… El orgullo colectivo puede nacer de los más diversos sentimientos de pertenencia: una camiseta que llevan unos ídolos, un color político, una enseña, una marca... El orgullo puede también surgir del deseo de opositar a esa casta de hombres y mujeres que no les doblegó el dolor, ni el odio y tiran claveles rojos y blancos a los ríos de la vida y alientan esperanza a los cuatro vientos.
 
El mismo día del homenaje en Bilbao al sargento de la Ertzaintza, Joseba Goikoetxea, muerto por ETA, el nobel Mario Vargas Llosa, con motivo de un galardón otorgado, arremetía con dureza en las páginas de “El Mundo” contra los nacionalismos. Cargaba también contra los de signo  pacífico y democrático. No hay una tregua, no ceden las andanadas artilleras desde la gran alcazaba mediática. 
 
Podemos pasar mucho tiempo fuera de Euskadi y sin embargo amar profundamente a nuestra tierra y a quienes moran en ella. No pensamos en la ikurriña, ni en fronteras, ni en la independencia… Tarareamos canciones, evocamos rincones, traemos a la memoria a sus gentes queridas… Algo late fuerte cuando observamos esa casta de personas que echa flores en los ríos aún contaminados, que esparcen su testimonio de valiente perdón en las aún agitadas aguas del presente. 
 
¿Es eso nacionalismo…? Necesitamos anclajes para crecer: una madre que perdona con el corazón el asesinato de su marido, una suma de referencias comunes, de montañas familiares, de calles tomadas un día en silencio… ¿Eso es nacionalismo? Un idioma cercano y a la vez ancestral, misterioso, cargado de claves ocultas, una Madre Tierra-Amalurra que nos acoge, un legado cultural que nos sitúa, una memoria que nos reconforta, un esfuerzo ancestral que nos suscita agradecimiento…
 
Yo no sé si eso es nacionalismo, pero  ese sentimiento no nos aleja de ningún otro pueblo, ni latido. Todo lo contrario. Los amores suman y una cuna, un origen necesitamos todos. Es de ley agradecer ese punto de partida, esa geografía con minúsculas, esa porción de humanidad por los que optó nuestra alma al encarnar. Necesitamos el recuerdo para esbozar un superior mañana. Necesitamos saber lo que hemos sido, para descubrir lo que aspiramos a ser. Necesitamos raíces si queremos que prendan las ramas… Necesitamos referentes culturales y morales para no vagar perdidos, para no ser noqueados por una  globalización uniformante. El uno se consagra en lo diverso. Son las partes las llamadas a construir el todo. No, no estamos hablando de independencia…, aludimos a fondeos del alma, a un pretérito compartido, a aspiraciones genuinas, a una fraternidad tímidamente, en pequeña medida consagrada. Sí cierto, la fraternidad ha de sobreponerse a las montañas y fronteras, pero en algún lugar ha de germinar primero, en alguna parcela pulsar sus más tempranos brotes.
 
Paradojas de la historia, quienes se autoproclaman contra el nacionalismo son los que después atrapan, los que no dejan escapar, ni construir al lado de una forma solidaria. Son los que no permiten ni siquiera pasear civilizadamente un domingo hasta unas urnas de cristal. Son los que, a la postre, retrasan el fin último de derribar todas  las fronteras, porque imponiendo y privando del derecho a decidir a los pueblos, sólo suscitan o refuerzan un separatismo, ése sí, combativo. Atacando con contundencia desde el epicentro, sólo refuerzan lo periférico que quiere huir. No torpedeemos el sutil, pero imprescindible equilibrio que debe albergar el humano y el colectivo entre lo centrípeto y lo centrífugo. 
 
Si nacionalismo es un amor que se desborda sin límite partiendo de tus bosques, de los amarillos de tu otoño…, somos nacionalistas. Nos reconocemos y honramos en la diversidad. Veneramos la singularidad que habita al otro/as. Jamás encontré la mínima pugna en mi interior entre castellano y euskera, entre los amigos allende el Ebro y los de Euskadi, entre la montaña y el llano, entre los paisajes de cereales y de verde que reúne mi querida Estella… 
 
Somos hijos de nuestras circunstancias y hemos de hacer por sentir propias esas condiciones del otro que en un principio pueden semejar ajenas. El corazón es una patria universal que no puede concebir, ni por asomo, división, ni frontera alguna. Yo no sé lo qué es nacionalismo… Quizás una memoria que se obceca, una melodía que retorna, un latido que se acelera, una suma de olas batiendo en la costa cercana, de prados reteniendo y enmarcando el pasado… Los latidos suman, reconocido y apreciado Don Mario, los corazones se unen desde lo que son. Los humanos se amalgaman desde su identidad propia para construir una identidad mayor; para alumbrar, en plena y absoluta libertad, la fraternidad planetaria, siempre, siempre nuestra última y superior meta. 
 
Etiquetado en: cambios sociales

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